InicioCine"El fin de los tiempos": la juventud, el duelo y los sueños...

“El fin de los tiempos”: la juventud, el duelo y los sueños arrebatados

Un cortometraje sobre cómo la violencia urbana fractura la amistad adolescente

- Advertisement -

En México, la violencia que azota a las periferias urbanas ha dejado de ser una estadística para convertirse en el asfixiante telón de fondo de la cotidianidad. Crecer en estas calles exige una resistencia constante, enfrentando la brutal posibilidad de que el futuro sea borrado de un solo golpe.

Bajo esta urgente y dolorosa premisa se erige “El fin de los tiempos”, un cortometraje de 20 minutos de duración dirigido por Diego Guareño Genesta. La obra, que formó parte de la competencia oficial dentro de la 25ª edición del Festival de Cine Alemán en México, se adentra en el corazón de la amistad adolescente para explorar el impacto devastador del asesinato. Con una sensibilidad visual extraordinaria, la cinta construye un relato íntimo que obliga al espectador a cuestionarse cómo se sobrevive a la ausencia cuando la violencia arrebata de tajo a los amigos que se convirtieron en nuestra propia familia.

LEER:“Alimento para cerdos”: el suspenso psicológico y la podredumbre del hogar

La fraternidad y el asfalto

El relato inicia tejiendo con una fluidez sumamente natural el vínculo inquebrantable entre Emiliano y Oliver (interpretados por Román Conchas y Diego Becerra), dos adolescentes que se cuidan con la lealtad de dos hermanos. La película nos introduce a su mundo: un universo sostenido por un balón y el anhelo compartido de llegar al futbol profesional. La cámara los sigue de cerca, demostrando que la hermandad habita en la rutina. Los vemos yendo a la tienda, armando la cascarita en las canchas de cemento o andando en bicicleta frente a fachadas pintadas con murales de futbol en los barrios de Guadalajara. Para enmarcar esta lealtad, la dirección de arte regala encuadres sutiles pero profundos, como un plano donde dos perritos se asoman juntos por una ventana, funcionando como un espejo exacto de los protagonistas.

Para dotar de peso a estos personajes, el guion los ancla a una realidad sumamente digna. Vemos a Oliver ayudando a su madre a despachar en su humilde puesto de garnachas, un apunte narrativo que lo conecta al esfuerzo diario de la clase trabajadora y que vuelve el giro posterior de la historia mucho más doloroso para el público.

El golpe de la realidad y el silencio de la pérdida

La ruptura de esta cotidianidad ocurre sin el menor aviso. Mientras Oliver entrega un pedido a bordo de su bicicleta, el sonido seco de un motor quiebra la tranquilidad de la calle. Unos sujetos en motocicleta se le emparejan y lo asesinan. Guareño Genesta acierta al no ofrecer explicaciones sobre el crimen. No hay razones claras ni justificaciones narrativas; solo queda la brutalidad de un acto que corta una vida inocente. Esta omisión del porqué refleja fielmente una realidad imperante: la violencia ciega, aleatoria y sin ningún sentido.

El impacto aterriza de lleno en la secuencia del velorio, donde el diseño sonoro y la melancólica fotografía cambian la atmósfera de manera radical. Lejos de la formalidad fúnebre al interior de la casa, la cámara encuentra a Emiliano y sus amigos afuera, sentados en el piso de la banqueta. Aislados de los adultos, intentan procesar el shock sumergidos en un silencio colectivo que resulta asfixiante. Esa misma desolación se extiende al viaje de regreso. Mientras su papá conduce el automóvil en medio de la noche e intenta acercarse preguntándole si sabe qué sucedió, Emiliano, envuelto en las sombras del copiloto, es incapaz de articular palabra; la confusión y la incomprensión de la muerte lo mantienen totalmente paralizado.

La termodinámica del duelo y los recuerdos

Ante el absurdo del luto, la mente de Emiliano busca refugio en los recuerdos para no hundirse. A la memoria le asalta la confesión más íntima de Oliver: un sueño nítido en el que ambos debutaban en el Atlas, ganaban la gran final con su mamá apoyándolos a todo pulmón desde la grada y, posteriormente, consagraban su carrera en el Barcelona. Ese futuro arrebatado choca de frente con el vacío del presente.

Para sostenerse, su pensamiento viaja a una tarde escolar donde preparaban una exposición sobre la primera ley de la termodinámica. Recordar juntos que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma, opera de pronto como un ancla emocional. La vitalidad de Oliver no se esfumó mágicamente con los disparos; esa energía mutó de forma irrevocable en un amor inquebrantable y en el inmenso dolor que Emiliano ahora debe cargar para honrar a su amigo.

A esta metáfora científica se suma un recuerdo definitivo: el día en que Oliver le regaló una playera del Atlas por su cumpleaños. La emoción era tan desbordante que no se contuvo y se la entregó varios días antes de la fecha esperada. Ese gesto, revivido desde la ausencia, encapsula a la perfección la impaciencia de la juventud: esa urgencia visceral por compartir la felicidad, ignorando que el tiempo era un lujo que ya no tenían a su favor.

¿Por qué convirtió Panteón Rococó su Tiny Desk en un acto de protesta?

La resistencia frente a la pantalla

¿Cómo se sobrevive a la muerte de un futuro que se construyó entre dos? “El fin de los tiempos” no ofrece respuestas fáciles. En cambio, acompaña a Emiliano en su proceso de asimilar un presente injusto, donde los recuerdos son la única herramienta para continuar.

La cinta destaca por su abordaje directo y sin pretensiones. La obra funciona como un retrato crudo sobre el luto y la lealtad, dejando un golpe de realidad sobre la mesa: un recordatorio de la vulnerabilidad a la que se enfrenta la juventud y la urgencia de no permitir que la violencia normalice la pérdida de sus sueños.

- ¿Que Chingaos? -
- ¿Que Chingaos? -
- ¿Que Chingaos? -
- ¿Que Chingaos? -

Nuestras redes

16,985FansMe gusta
200SeguidoresSeguir
200SeguidoresSeguir
6,020SeguidoresSeguir
2,458SeguidoresSeguir
61,453SuscriptoresSuscribirte

Tendencias